ENTREVISTA a ANTONIO MUÑOZ SORIANO
Por Ana María Muñoz Martínez

El paso de los años no ha disminuido su talante conversador ni la vehemencia en la defensa de sus puntos de vista: el cuerpo a cuerpo dialéctico es una de sus pasiones favoritas a la que se lanza al menor descuido del interlocutor, pero si la conversación discurre por cauces que no alcanzan puntos neurálgicos es un conversador ameno y apasionado, capaz de cautivar a cualquiera. Si en otro tiempo fue lector perseverante de cuanto caía en sus manos, en la actualidad reparte sus devociones entre el fútbol, las corridas de toros, tertulias radiofónicas, prensa y, de vez en cuando, ejerce de cocinero para satisfacer otra de sus pasiones: la gastronomía.

Sobrelleva sus 83 años con una salud física que para sí quisieran muchos y, aunque vive voluntariamente apartado de todo lo que no sea su casa o familia -¡qué diferente de otro tiempo! -, todavía mantiene la fuerza de un temperamento con los más variados registros.

Desde el año 81, fecha de su jubilación, vive en Valencia, ciudad a la que se trasladó desde su pueblo natal, Casas Bajas (Rincón de Ademuz), para iniciar sus estudios a los diez años y a la que siempre estuvo vinculado por motivos familiares. El ejercicio de su profesión, la medicina, le llevó por distintos pueblos de la provincia de Zaragoza y Teruel hasta instalarse en Formiche Alto donde permaneció durante 18 años (60-78) y donde nacieron cinco de sus nueve hijos.

¿Cómo recuerdas tu llegada a Formiche?


Con una mezcla de alegría e incertidumbre; alegría porque estaba más cerca de Valencia de lo que había estado en mis destinos anteriores; incertidumbre porque iba a un lugar desconocido con tres pueblos que atender (inicialmente fueron cuatro) y sin medios de transporte.

Formiche me pareció un pueblo de postal cuando lo vislumbré por primera vez desde El Puntal; era como ahora, pequeño y recogido, aunque con calles sin asfaltar y sin agua corriente en las casas. Como venía de otro medio rural, me acomodé rápidamente y pronto me pareció un pueblo bellísimo en su rusticidad; un río que sufría de estiaje y unas pequeñas huertas configuraban el entorno, flanqueado por montañas que lo protegían, en parte, de los rigores invernales.

¿La familia se adaptó pronto al nuevo medio?


La acogida del pueblo fue muy buena. Su hospitalidad contribuyó a que nos integráramos enseguida. Además -como dice tu madre- entonces eran otros tiempos y uno se conformaba con lo que tenía. Disponíamos de una buena casa dividida en dos, que compartíamos con don Ángel Torres (que en paz descanse) y su familia. Pronto entablamos una gran amistad con ellos y compartimos momentos imborrables.

Para nuestros hijos, que eran muy pequeños, Formiche era un lugar lleno de atractivos y sin peligros donde vivieron la mejor infancia que un niño puede tener: jugando en la calle la mayor parte del día, con la mirada solícita y complaciente de cualquier vecino dispuesto a ayudar al menor contratiempo.

¿Qué dificultades encontraste en el ejercicio de tu profesión?

No fueron pocas. Los pueblos que tenía que visitar un día a la semana, si no había urgencias que requirieran mi presencia en cualquier momento, estaban muy distantes unos de otros (teniendo en cuenta las malas condiciones del camino y los rudimentarios medios de transporte). A ello había que añadir el desplazamiento a un sinfín de masías, habitadas todas, a las que había que ir en caballería. Más adelante, don Ángel y yo presionamos a las autoridades competentes hasta conseguir que hicieran un camino forestal para unir Formiche con El Castellar. A partir de ese momento ya pude desplazarme primero en moto, después en coche, lo que hizo más llevadero el ejercicio de la profesión.

Otra dificultad era la carencia de material quirúrgico. Sólo disponía de fonendoscopio, termómetro, jeringas y agujas para pequeñas suturas, más mi olfato clínico para sospechar enfermedades que escapaban a mi tratamiento. Con el tiempo logré tener una cierta experiencia en detectar una enfermedad muy común en los pueblos ganaderos: la brucelosis (fiebres de malta). Sin farmacia y con un escaso botiquín de cuatro medicamentos tenía que arreglarme. La proximidad a Teruel me permitía -en casos clínicos fuera de mis posibilidades- desplazar a los enfermos a la capital. Esta circunstancia me producía una gran tranquilidad en beneficio de mis pacientes.

Una de las especialidades más desagradables para mí era el ejercicio de la Tocología (comadrón), pues había tenido dos experiencias sumamente dramáticas que, afortunadamente, se resolvieron milagrosamente sin mayores contratiempos. Era una época aquella en que las mujeres querían dar a luz en su casa y, aunque yo les advertía de los peligros que conllevaba e insistía en las ventajas de utilizar los servicio gratuitos de la Seguridad Social con todas las garantías que yo no les podía ofrecer, ellas escuchaban mis palabras no del todo convencidas. Terminaba mis consejos con la recomendación de que me avisaran diez días antes de salir de cuentas y que se abstuvieran de ir al campo, pero nunca me hacían caso.

Como anécdota contaré que en Formiche Bajo un matrimonio joven recibió mi advertencia de cara a su quinto hijo. Una mañana temprano vino el marido a decirme que desde la noche anterior su mujer tenía dolores de parto. Rápidamente dispusimos todo para trasladarla a Teruel, pero no se me ocurrió explorarla. En la mitad del viaje, con un camino infernal lleno de baches, la mujer gritaba de dolor. Cuando ya no podía aguantar más y paro el coche para atenderla, el chiquillo estaba con la cabeza fuera. Como no había hemorragia alguna envolvimos al pequeño en una toalla y volé hacia la residencia de Teruel donde todo terminó felizmente.(Silva que era un ministro de obras públicas de entonces, dijo que conocía todos los baches de las carreteras españolas. Sí, los conocería todos pero ignoraba los de Formiche. Si no, que se lo pregunten a mi entrañable amigo José María Montolío, buen conocedor de ellos.

¿Cuáles eran las mayores gratificaciones?


Todas las derivadas de la recuperación de la salud de los enfermos, pero también el trato humano con las personas. Cuando eres médico rural, no sólo conoces el estado físico de tus pacientes, sino también el emocional: preocupaciones, creencias, intereses..., hasta el punto de que, especialmente con las personas de edad, tan importante era la atención médica como ofrecerles un rato de charla. Desgraciadamente, la sociedad actual, tan precipitada en todo, está perdiendo las relaciones humanas tan necesarias para el desarrollo personal. Yo tuve la suerte de encontrar buenos amigos en el pueblo, de cuya amistad me honro y con los que compartí momentos inolvidables.

¿En qué ocupabas el tiempo libre?

Sobre todo en la lectura: el desaparecido diario "Pueblo", que recibía con un día de retraso, novelas de todo tipo y también enciclopedias. La geografía me apasionaba, tal vez -digo yo- porque me permitía escapar de los pequeños límites en los que transcurría mi vida, saciar mi curiosidad y conocer otras culturas, otras gentes de la única manera en que podía hacerlo: leyendo. Más adelante los libros de ovnis acapararon mi atención y fueron tema de conversación de muchos momentos.

También disfrutaba con las partidas de guiñóte en el bar de Justiniano, lugar de encuentro al que acudíamos después de cenar todos los trasnochadores que buscábamos nuestro esparcimiento en las cartas y la tertulia.

Cuando llegaba la temporada me entretenía buscando setas. Me preciaba de ser un buen conocedor de distintas variedades por lo mucho que había leído. Las consideraba un manjar exquisito que degustaba a menudo, gracias a la amabilidad de la gente que me obsequiaba con ellas.

En un momento determinado te proponen ser alcalde. ¿Por qué aceptaste?


La propuesta vino del Gobernador Civil de Teruel -médico también-, quien adujo que yo era la persona idónea por no ser hijo del pueblo y no tener "fincas colindantes". Acepté el cargo (¡qué lejos estaba la democracia !) no sé por qué, pero a sabiendas de que no estaban a favor muchos vecinos.

De repente me vi afrontando las necesidades del municipio con la ayuda de los buenos consejos de don Ángel, cuyo trabajo como secretario le hacía estar al corriente del funcionamiento del Ayuntamiento del que yo ignoraba todo.

¿Cuáles fueron los intereses prioritarios en el desempeño del cargo?

Como necesidades básicas teníamos las comunicaciones (camino forestal a El Castellar) y la red de distribución de agua y alcantarillado del pueblo. Todo lo cual conseguimos poner en marcha no sin grandes dificultades. Se hizo también una instalación nueva de la red eléctrica, además de renovar el servicio del horno.

Por aquellos años estaba de moda el embellecimiento de los pueblos y se daban premios a tal efecto. Esa idea nos cautivó a don Ángel y a mí y nos pusimos manos a la obra. Pensamos en adecentar algunos rincones del pueblo y que las mujeres adornaran con macetas sus puertas y ventanas. El Gobernador hizo hincapié en blanquear las fachadas por cuenta del Ayuntamiento. Aunque sólo se consiguió el primer año, el pueblo quedó deslumbrante. Asimismo, se hicieron las escaleras que hay junto a la casa de la tía María de la Hoz, se plantó el árbol de la replaceta y se levantó el muro que la soporta. El Retirillo fue otro de nuestros empeños; era una zona llena de maleza que se limpió y acondicionó con bancos.

Don Ángel y yo nos convertimos en los pedigüeños oficiales del pueblo. Tanto es así que un día que vino el ingeniero forestal- con el que tenía una relativa amistad- me invitó a acompañarle a la pista forestal que estaban haciendo entre Formiche y El Castellar y me dijo: "don Antonio, cuánto quiere usted a su pueblo"; yo le respondí que si, aunque era valenciano, y que mi deseo era paliar las carencias que tenía el pueblo.

Más adelante, pensamos en hacer un coto de caza mayor de ciervos con las consiguientes ventajas que supondría para el municipio. Con este motivo iniciamos una campaña de visitas a las autoridades competentes, que acogieron la idea muy bien, hasta el extremo de tener buscado un lugar idóneo, vallado, para aclimatar a un macho y a dos hembras. Con esos cabildeos estábamos, cuando el Director Nacional de Montes organizó una conferencia sobre estos temas en Teruel. Fuimos invitados, pero cuando intervine con mi petición, me preguntaron las hectáreas del coto. No supe qué responder y menos cuando dijeron que se necesitaban cinco mil. No teníamos tanto terreno, así que tuvimos que desistir.

Con el tiempo he pensado que éramos unos osados ingenuos, pero nos movía la buena fe y el deseo de prosperidad para el que entonces era mi pueblo. Y en aquella comarca fuimos pioneros.

¿Qué otros cambios se produjeron durante tu estancia?

Don Ángel y yo, que éramos los "agitadores" del pueblo, les convencimos de las ventajas de la utilización del tractor en vez del arado y lo conseguimos. También pensamos en crear un matadero industrial, algo que parecía un sueño irrealizable. Esta iniciativa la llevaron adelante un grupo de personas emprendedoras y con la ayuda del PPO con sus clases de chacinería se convirtió en una realidad. Después otros siguieron con iniciativas similares: granjas y matadero de conejos. Todo ello ha creado puestos de trabajo y evitado que el pueblo vaya a menos. La bonanza económica, la mejora de las carreteras y los medios de transporte le han dado una mayor movilidad y auge al pueblo, muy distinto al que yo encontré, aunque conserva el talante afable y acogedor de su gente.

¿Cuándo decides marcharte?


Cuando me convencí de que había llegado la hora y empezamos a sentir tu madre y yo la ausencia de los hijos de manera acuciante. Nos marchamos a mi pueblo, Casas Bajas, donde estaba nuestra hija mayor ocupando una plaza provisional de médico. De allí pronto dimos el salto a Teruel para ejercer la Estomatología de la que tampoco me había ocupado antes. Un año más tarde nos trasladamos definitivamente a Valencia, donde me jubilé al poco de llegar y donde sigo viviendo.